El Cristo se referia al estado de encarnación de su Dios Íntimo cómo “El Reino de Dios“. Y cuando le proclama, está utilizando el lenguaje de su tiempo para señalar algo que los iniciados de Egipto, Grecia, Persia y la India conocían con otros nombres: el estado de conciencia que se obtiene mediante la Alta Iniciación.
Obsérvese que Jesús mismo hace una distinción fundamental, que con frecuencia pasa desapercibida en la lectura ordinaria de los Evangelios. En Marcos 4:11, dice a sus discípulos:
“A vosotros os es dado conocer el misterio del Reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas se dice todo.”
Es decir, siempre hubo dos niveles de enseñanza, cada una para una audiencia distinta. Y esa es exactamente la misma estructura pedagógica que estructuraba los Misterios Eleusinos, los ritos de Isis y Osiris en Egipto, la iniciación pitagórica, el esoterismo órfico, las escuelas tántricas, sufis, etc. En todos ellos encontramos:
- Una enseñanza pública: para la multitud, accesible, introductória, pero a veces codificada como mito, con sus símbolos y parábolas.
- Una enseñanza esotérica: para el iniciado, transmitida cuando las personas ya están avanzadas, en práctica directa, de presencia a presencia.
La palabra misterio misma — del griego mysterion — proviene de myein: cerrar los labios, cerrar los ojos. El que ha sido iniciado guarda silencio no porque tenga algo que ocultar, sino porque lo que ha recibido no podría ser transmitido por palabras ordinarias. Solo puede ser vivido y este es el sentido de la Gnosis misma.
Por eso, en el Evangelio Apócrifo de Tomás, encontramos en las palabras del Maestro Jesús un tono mucho más iniciático:
“Si los que os guían os dicen: He aquí, el Reino está en el cielo, entonces las aves del cielo os precederán. Si os dicen que está en el mar, entonces los peces os precederán. Mas el Reino está dentro de vosotros y también fuera de vosotros.”
Dentro y fuera. Immanente y trascendente al mismo tiempo. Es la misma paradoja que el Vedanta expresa como Tat tvam asi — “Eso eres tú” — y que el Taoísmo llama “el Tao que no puede ser nombrado” pero que es la raíz de todas las cosas.
Muerte y Renacimiento: el epicentro de los misterios
Toda tradición iniciática auténtica tiene en su centro una experiencia de muerte y renacimiento, los cuales no son meramente simbólicos, sino que representan a un proceso de transformación profunda, interna, que pasa el Alma y que la atraviesa de manera irreversible.
En los Misterios de Eleusis, el iniciado pasaba por el descenso al Hades — para regresar transformado, purificado. El mito de Perséfone era el vehículo externo de una experiencia interna.
En los Misterios de Osiris, el iniciado era simbólicamente desmembrado — como Osiris por Set — y luego reintegrado. La fragmentación era necesaria para la síntesis a un nivel más alto. Hermes Trismegisto, en el Corpus Hermeticum, lo formula así:
“Si no te haces igual a Dios, no puedes comprenderlo. Muere, pues, y hazte Dios.”
Y Jesús, en Juan 3:3, dice a Nicodemo — un maestro de la ley que llega de noche, en secreto, como quien sabe que lo que busca no se encuentra a plena luz del día:
“De cierto te digo que el que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios.”
Nacer de nuevo. El mismo término que los pitagóricos y platónicos usaban para describir la regeneración interior, iniciática. No es una metáfora de conversión moral. Es la descripción de una transformación profunda: la muerte del ego, de nuestra naturaleza imperfecta, a través de un trabajo semejante al que el carbón es sometido en el núcleo de la Tierra, hasta convertirse en diamante.
Por más paradójico que pueda parecer, esto es lo que le corresponde decir a todo auténtico maestro de cualquier tradición: hay algo en ti que tiene que morir para que lo que realmente eres pueda vivir.
El Camino Estrecho y la Iniciación
En Mateo 7:14, Jesús dice:
“Estrecho es el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran.”
Esta imagen del camino estrecho, resuena directamente con la arquitectura simbólica de los templos iniciáticos. En Eleusis, el iniciado atravesaba pasajes cada vez más estrechos antes de llegar al megaron, la sala de revelación. En los templos egipcios, la cámara interior era accesible solo por una ranura minúscula.
El camino estrecho no es un camino de privaciones morales. Es la descripción precisa de lo que ocurre cuando la conciencia abandona la amplitud horizontal de la vida ordinaria, con sus distracciones, sus identificaciones, sus automatismos, y se concentra verticalmente en lo esencial, en un camino interior.
La Gnosis lo llama el trabajo sobre si mismo, a través de esfuerzos concientes y padecimientos voluntários. La tradición pitagórica lo llamaba katharsis — purificación. Sócrates, en el Fedón, lo describe como el ejercicio de la filosofía como preparación para la muerte: aprender a soltar lo que no somos, antes de que la muerte física nos obligue a soltarlo.
La Gnosis como experiencia directa de Dios
La palabra Gnosis – del griego, conocimiento directo, obtenido por revelación divina – no designa la información sobre lo Divino, sino una experiencia de lo Divino.
Los primeros siglos del cristianismo fueron un campo de tensión entre dos visiones del mensaje de Jesús:
- La visión institucional, ortodoxa, que enfatizaba la fe, la mediación sacerdotal y la salvación por la gracia divina.
- La visión gnóstica, que enfatizaba la experiencia directa de Dios y la transformación interior como camino de liberación.
La segunda fue declarada herejía y sus textos fueron destruidos. Y sin embargo, sobrevivió, porque nunca fue una expresión meramente cultural, sino una función natural de la conciencia que va descubriendo a si misma por un llamado íntimo.
Es decir, la Filosofía Iniciática no contradice la enseñanza de Jesús, sino que revela la dimensión de esa enseñanza que fue sistemáticamente silenciada por quienes tenían interés en mantener la experiencia de lo Divino como monopolio institucional.
En sintesis
Todas estas tradiciones, con sus diferencias de forma, señalan en la misma dirección:
No hay nada que buscar fuera que no sea el eco de algo que ya existe dentro.
El Reino de Dios no es una recompensa que espera al final de una vida moralmente correcta. Es la realidad que se hace visible cuando los velos del ego – la identificación con los mecanismos psicológicos, los miedos, los deseos compulsivos, las historias que nos contamos – comienzan a adelgazarse.
El trabajo iniciático (cualquiera que sea la tradición que lo sostenga) es esencialmente el mismo: crear las condiciones para que esa revelación sea posible. No fabricarla. No forzarla. Simplemente… preparar el terreno, y todo lo demás llegará por añadidura.
Como decía Meister Eckhart, uno de los grandes iniciados del misticismo cristiano:
“El ojo con el que veo a Dios es el mismo ojo con el que Dios me ve a mí.”